Betsabé Espinal y la huelga de Bello

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Betsabé Espinal

Se conmemora un aniversario más del natalicio de la valerosa lideresa sindical que encabezó la primera huelga de mujeres en Colombia, en 1920

Beatriz Guerrero
@laflormasroja

Recordar a Betsabé Espinal es imperativo, en especial cuando los derechos de las trabajadoras son blanco de las políticas neoliberales actuales. Y es que los recientes datos oficiales del DANE, reflejan que las mujeres son la población mayoritariamente desempleada y con una profunda brecha salarial.

Reivindicar el pasado de una mujer de espíritu libre y revolucionario, como lo fue Betsabé, es recordar la feminidad combativa y la lucha persistente por la igualdad de los derechos sociales. Betsabé es un claro ejemplo de resistencia, a sus 23 años lideró la primera huelga de trabajadoras en Colombia. Junto a unas 400 obreras textileras, se enfrentaron a los dueños de la Fábrica de Tejidos de Bello y su injusto sistema de trabajo.

La vida en Bello

María Betsabé Espinal nació el 25 de septiembre de 1896 en Bello, Antioquia, en una sociedad sumamente machista, moralista y conservadora. Poco se conoce sobre sus primeros años de infancia y casi nada se sabe sobre su familia. Para esa época, Antioquia venía de aquel pasado colonial y a finales del siglo XIX, seguía siendo una región aislada y sin vías de comunicación que conectaran con otras regiones del país. Las haciendas eran propiedad de grandes terratenientes y la población no superaba los 10 mil habitantes.

La vida en Bello se dividía entre la servidumbre de la aristocracia local y los jornaleros de los hatos grandes de los cultivos de caña de azúcar. El resto de la población, como es el caso de Betsabé, eran en su mayoría gente muy humilde, descalzos, analfabetas, y en especial muchos huérfanos que había dejado la Guerra de los Mil Días.

En Antioquía, la economía artesanal no era tan fuerte como en Santander o Bogotá. Sin embargo, existían pequeños talleres semi-artesanales en los que se generaban productos para el consumo interno y para la exportación, como por ejemplo los llamados «sombreros de Panamá». Los primeros intentos por desarrollar una producción a mayor escala con algunos bienes de consumo tales como los chocolates y las cervezas, se tardó en consolidar por la inexistencia de un mercado interno, a pesar de la disponibilidad de fuerza de trabajo.

Adicional, no existían vías eficientes de comunicación que conectaran la región con el resto del territorio colombiano. Pero esto cambió con el desarrollo de la economía cafetera en las zonas de colonización. El capital acumulado en el comercio de café, así como en la histórica exportación de oro, impulsó a Medellín como ciudad industrial. El café aumentó los ingresos de un gran número de hacendados y comerciantes que se encontraban en el área de influencia de las manufacturas en la capital de Antioquia, y gracias a que esta ciudad se conectó en 1914 por ferrocarril con el río Magdalena, se facilitó la circulación de mercancías.

La industria textil

El mercado de textiles nacionales estaba entrelazado al café y dado al crecimiento demográfico en Antioquia, se amplió la demanda de telas y vestidos. En Medellín y zonas aledañas, se fundaron alrededor de 13 empresas manufactureras entre 1902 y 1920, destacándose la Compañía Colombiana de Tejidos y la Fábrica de Hilados y Tejidos del Hato, que después se convirtieron en Coltejer y Fabricato respectivamente.

En 1904, Emilio Restrepo Callejas, miembro de una poderosa familia, concejal de Medellín y latifundista, inauguró la Fábrica de Tejidos de Bello. Las fábricas textileras por lo general empleaban mujeres solteras, y niños y niñas desde los 12 años, pues se veía como mano de obra fácil de controlar y a bajo costo.

Siempre en condiciones de inferioridad, el mundo laboral de la mujer se extendía a las trilladoras de café, las fábricas de cigarrillos y otros oficios en la naciente industria nacional. Para la segunda década del siglo XX, la mujer representaba el 75% de la fuerza obrera. El 85% de ese porcentaje eran jóvenes solteras porque la Iglesia Católica prohibía que las mujeres casadas trabajaran.

La explotación laboral

Betsabé, como muchas otras obreras de aquella época, comenzó a trabajar en la Fábrica de Tejidos de Bello. Las condiciones laborales de las obreras eran deplorables, y debido al reducido salario y al mal trato que recibían de sus superiores, las mujeres deciden presentar al dueño un memorial en el cual pedían un aumento del 40%. El salario en aquella época oscilaba entre $0,40 y $1,0 a la semana, de 12 horas continuas, y sólo tenían media hora para almorzar. Por el mismo oficio, los hombres ganaban entre $1,0 y $2,70.

El sueldo de las obreras sufría continuos recortes por llegar tarde, enfermarse sin avisar, pararse para ir al baño, dañar la maquinaria, entre otras cuestiones increíblemente injustas y discriminatorias. De igual modo, las mujeres no podían entrar calzadas a la fábrica, porque el patrón argumentaba que podían dañar el piso de la misma, por eso solían enfermarse seguido. También exigían la destitución del supervisor Manuel Velásquez, acusado del despido de cinco obreras que se negaron a sus acosos sexuales. De hecho, una de ellas fue internada en la “Casa de las Arrepentidas”, lugar donde expiaban su culpa las mujeres “violadas y deshonradas”. A otros dos administradores, Jesús Monsalve y Teódulo Velásquez, se les señaló de propinar golpes a las obreras.

Estalla la huelga

El 12 de febrero de 1920, cuando el personal iba a retornar a sus puestos de trabajo, Betsabé se trepó a un taburete e inició su proclama: “Compañeras muchachas, nos declaramos en huelga, porque nos oponemos a que siga existiendo acoso sexual, no estamos de acuerdo con seguir trabajando descalzas, necesitamos que nos permitan llegar calzadas, necesitamos que el oprobioso sistema de multas se suspenda y que se nos aumente tanto el ingreso económico de salarios, como los horarios de desayuno y almuerzo”.

Esa mañana ninguna obrera entró a trabajar; se lanzaron a la calle para exigir la igualdad de salarios, la desaparición de las multas que les obligaban a pagar por cualquier contratiempo, el respeto y la dignidad de su condición como mujeres, ya que eran constantemente acosadas sexualmente.

El dueño de la fábrica perdió todo el poder sobre sus obreras y la Iglesia Católica veía como se desmoronaba su misión en los patronatos, programa del paternalismo cristiano financiado por las empresas y orientado por monjas. Daban residencia a obreras solteras para educarlas en la fe, la moral cristiana y alejarlas de las ideas socialistas y de la Revolución Bolchevique.

Tras 24 días de huelga consiguieron sus peticiones: un aumento salarial del 40%, reducción de la jornada laboral a nueve horas y cincuenta minutos, mejores condiciones de higiene, el despido de los supervisores acusados de violaciones y de los administradores enemigos de las trabajadoras, así como la regulación del sistema de multas.

Una delegación de mujeres, encabezadas por Betsabé, viajó a Medellín para firmar el acuerdo en la sede principal de la empresa e impulsó una multitudinaria marcha en agradecimiento a los apoyos recibidos. Una vez acabada la huelga, Restrepo Callejas despidió a varios trabajadores de ambos sexos a modo de represalia, incluida Betsabé.

A pesar de ello, la huelga tuvo una importante repercusión en la lucha por los derechos laborales femeninos. Y Betsabé pasaría a la historia como ejemplo de dignidad y del despertar de las luchas de las mujeres trabajadoras en Colombia.